Hay un camino que sale de Candás, pasa por Luanco, Moniello y al final acaba en cabo Peñas, unos cuantos kilómetros después. El camino es una delicia todo el rato pegado al mar con el ruido de las olas rompiendo contra los acantilados. Hay varios miradores que permiten disfrutar del horizonte sin obstáculos, y cuando el sol empieza a bajar la luz se vuelve cálida, dorada, de esa que solo se ve al final del día.
Paseando a esa hora la costa se transforma: las sombras se alargan, el mar brilla con reflejos anaranjados y el aire huele a sal y a hierba seca. Da igual cuántas veces lo hayas recorrido, siempre aparece un encuadre nuevo, una luz distinta que te obliga a parar.
Como últimamente tengo un sistema de publicación bastante automatizado y desde el móvil puedo publicar directamente en el blog (lo que es bastante interesante para publicar fotos en tiempo casi real sin pasar por Instagram o cualquier otra mierda similar), aquí va una foto hecha hace menos de 10 minutos.