De pequeño recuerdo ir varias veces con mis padres a ver desde el coche los gamos del Palacio de Riofrío. En aquella época recuerdo darles de comer desde el coche y que los animalitos, inocentes ellos, se acercaran a comer de mi mano.
No había ido con mis hijos, pero hace unos días, aprovechando que tenía que ir a Segovia y que apetecía hacer un día fuera de Madrid, fuimos a comer por la zona y a ver el palacio de Riofrío, gamos incluidos.
Aunque todavía se publicita que se pueden ver muchísimos gamos, la cosa ha cambiado bastante. No esperaba poder darles de comer desde el coche (lo cual me parece bastante razonable, con la irresponsabilidad —o desconocimiento irresponsable— que tanta gente exhibe). Pero algunas medidas me parecieron excesivas o, cuando menos, mejorables: paré en la carretera, en un punto de visibilidad total, sin bajar del coche, y en un par de minutos me llegó un vigilante para decir que no podía parar en medio de la carretera. Aceptado, gracias y hasta luego. Minutos después vemos otros gamos a lo lejos, así que busco un lugar donde apartarme, y bajamos del coche alejándonos no más de 10 metros. Llega otro vigilante para decir que no podemos abandonar el coche. Vamos al palacio e intentamos hacer alguna pequeña ruta. Imposible, porque está lleno de carteles para no cruzar a ciertas zonas; la ruta se reduce a una vuelta alrededor del palacio.
De acuerdo en que probablemente en los viejos tiempos había demasiado descontrol, pero el nivel actual arruina cualquier experiencia de contacto con la naturaleza.